Margaritas en Costa Rica

Aventura en Costa Rica

Otra excursión contratada

Ayer fue nuestro último día completo en esta maravilla de lugar llamado Costa Rica. Los últimos días de nuestra estancia han transcurrido en una cabaña en mitad de la selva del Parque Nacional del Corcovado. Jaguares, pumas, tapires, monos, tucanes, pizotes e insectos coloridos y grandes como drag queens han sido los vecinos que nos han amenizado tanto como amenazado. A este lugar se llega en lancha. Solo en lancha.

¿Qué hacer el último día? Coger esa misma destartalada lancha de cincuenta años de antigüedad y sin sistema de navegación, pero con dos motores de un Fórmula 1, hacia la Isla del Caño para hacer snorkel. Diecisiete kilómetros mar adentro nos separaban de un destino tan idílico que desde la distancia cultiva el deseo de abandonar todas las pertenencias materiales y establecerse allí haciendo el amor, cogiendo cocos y formando una familia en taparrabos. Adjunto foto de cómo se ve la isla desde tierra firme. Bien clarita.

Isla del Caño vista desde el Parque Nacional del Corcovado - Costa Rica

Quedamos con nuestro guía, Cambro, y con el «capitán» de la lancha, Wicho. Bien pronto, a las 7.00. Nosotros cuatro. Una fina y casi imperceptible lluvia, pelo-de-gato en jerga tica, nos daba los buenos días y nos acompañó en el trayecto en tractor hacia nuestra embarcación. La isla esta mañana no se veía nada. La niebla era densa como la leche y nuestro destino se presuponía allí, como la morada del único mono que no habíamos visto todavía en Costa Rica: King Kong.

Unas brazadas después de llegar a la lancha, partimos nosotros y se partió el cielo. Una tromba de agua repentina con la fuerza de las cataratas del Niágara cayó sobre nuestras cabezas y sumaban opacidad al aire lácteo que no nos permitía ver más allá de veinte metros. Cambro y Wicho no tardaron en hacer gestos cómplices y disimulados entre ellos para que no nos diéramos cuenta, pero algo iba muy mal y eso se respiraba en el ambiente. De hecho, era lo único que se podía respirar en el ambiente: el terror. La velocidad supersónica de la lancha y sus saltos como un grillo en celo conjugaban a la perfección con las rocas de agua que chocaban frontalmente en nuestras caras. Estábamos perdidos en alta mar. A punto de morir con un poncho puesto, pensábamos.

Wicho decidió retornar a tierra firme para huir de la furia de Poseidón, pero como esa gente que todos odiamos cuando dice «dio una vuelta de 360 grados» para referirse a una media vuelta…no lo hizo bien. Y eso que contaba con la asistencia de una pequeña brújula que le habían regalado al primer patrón de esa barca en su primera comunión. Estábamos muy perdidos en alta mar y no veíamos nada.

Cambro lleva ya un rato actuando exactamente como nos había repetido con insistencia en tierra que no hiciéramos, «frikiando». O sea, entrar en pánico. Cambro y Wicho discuten y gana la contienda dialéctica el primero. Motín a bordo. Una hora en medio de nadie sabe dónde. Las olas nos recuerdan cada dos segundos lo vulnerables que somos. La lluvia nos quita el aire y no nos permite comunicarnos. El sonido del mar enrabietado se confunde con el de los motores, como si fuéramos Verstappen en un día lluvioso en el circuito de Interlagos. El piloto holandés tiene radio, al menos. Teníamos ya el testamento en la cabeza, a tenor de nuestra incapacidad para mover cualquier músculo de la cara.

El motor se apaga. Hay que pensar cómo se sale de una de estas. Elegir bien las palabras es fundamental, ya que abrir mucho la boca es garantía de tragar mucha agua y morir asfixiados. Entre el estruendo casi no podemos distinguir palabras, pero hay dos que sí escuchamos pronunciarse con claridad: Japón y Alaska. Nada bueno. Nuestra preocupación sube, nuestra tensión abdominal es ya inaguantable. El esfuerzo que hago para comunicarme con nuestros anfitriones es para preguntar si llevamos algo de comida a bordo en previsión de inminentes días a merced de la naturaleza. Los motores vuelven a sonar.

La revelación divina

Yo era ateo, pero ahora creo. Lo canta C. Tangana, pero ahora también E. Santana. Milagro. Vamos directos a toda velocidad hacia unas rocas. ¡Volvemos a casa! Es. No. Es. No. Es. Pues sí. Pues no, la verdad. Lo que pensábamos que era nuestro punto de inicio resulta ser la Isla del Caño. Habíamos arribado a la paradisíaca isla de King Kong por su parte trasera, detalle que dificultó su identificación. Como Tom Hanks rodeando la luna, estábamos salvados. Anclamos la lancha y nadamos hasta la orilla para refugiarnos en una maltrecha marquesina construida por algún familiar directo de Simón Bolívar. Nos quedamos en pelotas y, no nos van a creer, nos sale muchísima agua del ano.

Trayecto entre el Parque Nacional del Corcovado y la Isla del Caño - Costa Rica
En negro, el recorrido que deberíamos haber hecho. En rojo, el que hicimos.

A estas alturas ya deberíamos haber estado de vuelta en nuestra cabaña disfrutando de la trigésima margarita de la semana. Nuestra situación era bien distinta, pero la Divina Providencia, recuerden que ahora creo, nos dio una tregua de una hora en forma de cielo encapotado libre de lluvia y aguas calmas de regalo adicional. A pesar de todo, pudimos hacer snorkel. Eso sí, el miedo se había aferrado a nuestros huesos como un perezoso a un eucalipto y la ilusión por encontrarnos con tiburones, tortugas y mantas rayas se había diluido como los argumentos de Amber Heard.

A unos 50 metros de las rocas que presiden la costa de Isla del Caño nos tiramos al agua con Cambro y las fatalidades retomaron su velocidad de crucero porque no tardé en sentir como algún tipo de boca desagradable, torpe y desacompasada me succionaba el costado. La más terrible de las sensaciones del día hacía acto de aparición, que fue el recuerdo de algún error del pasado haciendo lo mismo después de una fiesta universitaria. En esta ocasión, la bestia marina que dejó clavada sus colmillos en mi cuerpo se fue de forma abrupta. Noto como la sangre hierve y la adrenalina me hace patalear como un recién nacido furioso.

Hasta los cojon*s de la vida, del Pura Vida, de los costarricenses y de la Creación. Volvía a mi estado original y dejé de creer en Dios. Por favor, volvamos ya, que no llueve. Igualmente, la niebla seguía ahí, pero confiábamos en que Wicho hubiera aprendido. De nuevo, equivocado.

En bañador y poncho nos subimos en la lancha de Ponce de León con turbo para atravesar la niebla. A los cinco minutos tenemos que parar para rellenar de gasolina los motores. Justo en ese momento, como si un escritor estuviera imaginando nuestra historia al momento, nos visita un viejo conocido, el diluvio universal. Cambro está entre enfadado y acojonado. No es la única visita, otra embarcación llena de turistas con colesterol altísimo, un capitán alfabetizado y un sistema GPS nos ha avistado a saber cómo. Se compadecen de nosotros y desvían su rumbo para guiarnos de vuelta.

En el camino tragamos la misma agua que habíamos ingerido involuntariamente en el primer trayecto, nos reventamos las vértebras, confesamos los dos habernos meado encima porque no podíamos aguantarnos y, total, estábamos en un chaparrón bíblico, íbamos en bañador y la posibilidad de morir seguía latente. En todo esto, vimos delfines alimentándose. Nos dio igual. Poco después vimos pájaros y nuestros ojos se abrieron dibujándonos una buena cara de lémur. Luego vimos rocas. El alivio de Cris fue el mío, porque sufría muchísimo por ella. Cambro, un titán de 50 años con décadas de aventuras a sus espaldas, nos dijo que nunca se olvidará de nosotros porque es la primera vez que le sucedía algo similar. Asegura que contará este día a mucha gente. «La historia épica», la llama ya.

Tomamos margaritas.

✍🏼 Eduardo Santana

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