Me ha costado mucho sentarme a redactar este texto. La consigna era sencilla: escribirlo desde el corazón. Sin embargo, cuando una escribe sobre una persona a la que admira profundamente y que, además, es Premio Nobel de Literatura, quiere hacerlo lo mejor posible para estar a la altura. Obviamente, eso es imposible. Pero, siendo una perfeccionista casi enfermiza, me ha llevado tiempo ponerme del lado de lo “bueno” frente al de lo “perfecto”. Así que aquí estoy, ocho meses después, escribiendo sobre la visita que hicimos a la casa de José Saramago y Pilar del Río en Lanzarote, A Casa.

Para cuando acabes de leer este artículo: Un discurso para recoger un Nobel, por José Saramago
Leer a Saramago me ayudó muchísimo en un momento oscuro de mi vida. A la vista, su prosa es densa y enmarañada. Al alma, no obstante, es enormemente sencilla y luminosa, a pesar incluso de lo penoso de algunos de los temas que trata en su obra. El portugués es brillante no solo como escritor, sino también por la claridad con la que percibe y transmite la esencia de las cosas y de las personas; la esencia de la vida, en definitiva. Quizá por eso, siempre fue una persona declaradamente anticapitalista y altamente comprometida con la justicia social en todas sus vertientes: la conservación del medioambiente, el respeto hacia todas las personas, la eliminación de las desigualdades… Su discurso de recepción del Premio Nobel consistió en un bello elogio a la vida humilde y sencilla de sus abuelos. Ni más, ni menos.
José Saramago nació en Azinhaga, Portugal, en 1922. En 1993, debido a la censura sufrida en su país natal tras publicar “El Evangelio según Jesucristo”, se estableció en Lanzarote con su mujer, Pilar. Allí escribió “Ensayo sobre la ceguera”, allí recibió el Nobel en el 98 y allí murió, en la cama de su habitación, a los 87 años. De Lanzarote decía que “no es mi tierra, pero es tierra mía”.
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A Casa se siente como un verdadero hogar desde que uno pone un pie dentro, sobre el maravilloso suelo de piedra volcánica del hall de entrada. La vivienda de José se parece a su escritura: todo está abarrotado -las paredes repletas de cuadros, las estanterías a rebosar de libros y los aparadores cubiertos de fotos-, pero nada está fuera de lugar y el conjunto transmite sosiego y sabiduría. Invita a la introspección, la reflexión, el silencio. Como un santuario, recogimiento.
Y sobrecogimiento también, porque el espíritu de José se percibe en cada rincón. En la vegetación y las vistas del jardín, donde aún hoy se encuentra el sillón desde el que contemplaba el océano que lo conectaba con su Portugal natal. En la luz blanca -como la ceguera de su ensayo- que entra por la claraboya del recibidor y compite en belleza con la negra roca volcánica del piso. En el arte y los pequeños objetos llenos de significado que invaden respetuosamente la casa. En las fotos con Pilar. En su mesa de trabajo, desde la que escribió una de sus obras cumbre. Y en la cama en la que su cuerpo dejó de respirar.
Pero, sobre todo, en la cocina y la gran mesa de madera que la preside, bajo la mirada atenta de las tres cafeteras distintas que dan fe del gusto de Saramago por el café. Alrededor de ella se sentaron grandes nombres de la cultura, la política y la economía, pero eso es lo de menos. Lo de más es el talante con el que lo hacían. La escucha activa, el diálogo respetuoso y la mente abierta eran los ingredientes esenciales de aquellas tertulias envueltas en aroma de café. El peso -literal y figurado- de esa mesa convierte a la cocina en el centro de gravedad de A casa. Un lugar mágico, como la isla en la que se encuentra.
Me hubiera gustado tomar un café con José.
✍️ Cristina Sáez Estrela, editora de ‘Aislados‘
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José Saramago es uno de las protagonistas de un capítulo de Aislados, un libro que propone un viaje por 30 historias conectadas por la insularidad, la naturaleza, la alegría de vivir, los colores, la cultura, el arte y, sobre todo, las personas. Un caleidoscopio en el que conviven verdad y ficción con las islas Canarias como escenario excepcional.












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